Sevilla frente a su pasado


Una ciudad es un objeto tetradimensional y, como tal, poder definirla supone una enorme dificultad para una entidad con mente tridimensional. Sin embargo, Sevilla tiene para muchos una definición clarísima a la que puede ser, desde ofensivo hasta pecaminoso, y en cualquier caso inútil, añadir algún matiz. Esta definición está constituida por un puñado de lugares comunes, a veces cogidos con desgana del saco de lo estereotipado, y otras veces seleccionados con sumo cuidado de entre pregones y eximias columnas de prensa.

Para todos estos, ya sean del bando de los glorificadores, como del de los denostadores, Sevilla ha sido, es y será lo mismo, negando, con la osadía de los ignorantes, la cuarta dimensión que a cualquier ciudad le corresponde hasta el extremo de convertirla en una mera escenografía, un espacio privilegiado que está ahí para poder servir de marco a una buena chicotá o, como mucho, y haciendo un considerable esfuerzo de abstracción histórica, de escenario para una ópera del siglo XIX. Y para una ciudad que, en el fondo, no es más que una escenografía, no tiene sentido hablar de desempleo, oportunidades, desarrollo o progreso. Estos son parámetros que pueden servir para mensurar la mayor o menor comodidad de esos que viven en las zonas de la ciudad que no son realmente parte de la escenografía y que no cuentan en la definición.

En Sevilla hay una gran mayoría que no piensa en estos términos, pero también hay demasiados que se comportan como si fuera así. No es fácil cambiar la inercia cuando esta responde al retroceso de un firme anclaje de cadena tan corta como la del puñado de eslabones estereotipados que definen oficiosamente la ciudad.

Por suerte, existen actualmente en la sociedad sevillana una serie de iniciativas cuya motivación es la ruptura de esta corta cadena, para lo cual habría que dejar claro que en esa corta definición no cabe Sevilla.

Sevilla nació, como todas las ciudades milenarias, y casi todas las centenarias, como resultado de lo que se suele llamar Revolución Neolítica, esa serie de cambios que comenzaron hace diez mil años relacionados con la agricultura y la sedentarización, y que conllevaron el surgimiento de lo que llamamos civilización. Entre los principales vectores que dispersaron esta nueva organización por el mundo, el comercio fue uno de los principales, y el responsable directo de que en lo más profundo de una profunda bahía en el confín occidental del mundo conocido surgiera una ciudad unos mil años a. C. Esta ciudad, que no sé cómo se llamaría por entonces, pero que al cabo de dos milenios y medio acabaría llamándose Sevilla, contó los siglos de vida por éxitos.

No sólo porque siguiera existiendo, o porque incluso alcanzara una relevancia regional que en determinados momentos llegó a ser notable, sino porque cumplió con el objetivo con el que había nacido: ser el nodo principal de comercio para los productos que abundaban en el valle del que es cabecera y de sus alrededores. La riqueza agrícola del valle del Guadalquivir, la riqueza mineral de las sierras próximas, la situación del puerto sevillano, en el límite de navegabilidad del Guadalquivir, y ubicado entre Europa y África, garantizó este éxito que se prolongó indefinidamente. La historia de Sevilla se resume en un modelo que funcionó, ya fuera la élite gobernante de la etnia o religión que fuera.

Pero entonces, hace relativamente poco en la historia de Sevilla, un cambio de paradigma dio un giro a esta situación. La siguiente gran revolución en la historia humana cogió a la ciudad con el paso cambiado, la inercia de su reciente éxito fulgurante con el comercio americano se había convertido hacia finales del siglo XVIII y principios del XIX en un lastre tan importante, que la única reacción de largo alcance que tuvo Sevilla en muchas décadas fue la de unirse al coro de viajeros románticos europeos que comenzaron a definir sus tres dimensiones más evidentes -la longitud tortuosa de sus callejuelas morunas, la altura de sus columnas salomónicas y la profundidad que daban sus tradiciones y folclore- y los nuevos tiempos industriales llegaron tarde y débiles al, hasta hacía sólo unos años, riquísimo valle -Sevilla y sus comarcas llegaron al siglo XIX siendo la zona de mayor PIB de España, y salieron de él convertidas en un trampantojo en el fondo de un escenario de ópera.

Ahora, como a lo largo del siglo XIX, la ciudad sigue desnortada, aceptando cualquier definición superficial que le cae encima y avanzando en un mundo al que no termina de reconocer a base de poderosos manotazos regionalistas o empellones de alta velocidad.

Pero lo cierto es que las cosas no han cambiado tanto como para que su ubicación no siga siendo privilegiada, la riqueza agrícola de su valle notable y el tiempo transcurrido en este proceso de fallido reencuentro consigo misma despreciable en su milenaria vida. No son pocos los sevillanos que no se dejan apabullar por la escenografía intachable pero intocable, y piensan que aún se está a tiempo de reaccionar. Recuerdan hechos que cambiaron el mundo -qué digo que lo cambiaron, que hicieron el mundo- y que tuvieron a esta ciudad y sus habitantes, sevillanos de toda la vida, o sevillanos del mes anterior, que eso poco importa en una ciudad que vivía en su presente y para su futuro -y no de su pasado e ignorando el presente y el futuro- como la primera vuelta al mundo que inició Magallanes y culminó Elcano en Sevilla.

En ese hito de la humanidad se apoya la Iniciativa ciudadana Sevilla 2019-22 para recordar que la estadística y la historia dicen que en este lugar del mundo es, contrariamente a lo que dice su limitada y tridimensional definición preponderante, más sencillo el éxito que el fracaso. Se podría considerar que tan sólo una oposición firme y activa es lo que impide que al final Sevilla ocupe la posición en su entorno, que a estas alturas debe ser ya global, que le corresponde. El problema es que esta oposición es decidida y numerosa, y es ejercida con vehemencia por muchos a los que les interesa que así sea, y con indolencia por aún muchos más que han sido conquistados por la fácil y dañina definición estereotipada.

Y es en estos últimos en los que la iniciativa centra muchos de sus proyectos, gente que debe entender que Sevilla puede y debe ser otra cosa que mera escenografía. Y para conseguir esto, necesita de todos aquellos que no han caído en el influjo de la fácil fascinación tridimensional, que aúnen sus esfuerzos y arrimen el hombro para intentar, una vez más, botar el barco, que aunque su contemplación nos ensimisme, el polvo que acumula no nos dará de comer.

Publicado en el Diario de Sevilla el 28 de enero de 2017.